Revolución (volumen 1: Libertad) de Florent Grouazel y Younn Locard

Libertad, Primer Volumen De Revolución, Una Trilogía Bd Sobre La Revolución Francesa.

Libertad, primer volumen de Revolución, una trilogía BD sobre la Revolución Francesa.

Una niña, con un ojo, corre como una loca. Los niños, y luego los hombres y las mujeres, huyen: suben las escaleras de cuatro en cuatro, se dispersan por las habitaciones, pero es demasiado tarde, y son perseguidos por la tropa que les dispara. La muchacha consigue escabullirse y escapar por la chimenea desde donde, encaramada, pudo contemplar la carnicería de la fábrica de papel pintado de Réveillon. Eran los días 27 y 28 de abril de 1789, en el Faubourg Saint-Antoine de París, y con esta masacre la Revolución, al menos en su aspecto popular, había comenzado en Francia.

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Los dos autores apuestan por llevarnos literalmente a la revolución a ras de suelo, lo más cerca posible de los que no ganan nada, de los que no tienen nada, de los pobres, en definitiva, del pueblo, de los que están siendo masacrados.

Sin embargo, la historia se desarrolla pronto siguiendo una galería de personajes:

  • Jérôme Laigret, el periodista monárquico que frecuenta tanto los bajos fondos bajo los puentes de París como los salones de la nobleza, donde conspiran para impedir cualquier cambio en esta primavera de 1789.
  • Louise, la criada que es despedida y vaga por París en busca de una nueva situación, pronto arrastrada por el torbellino revolucionario.
  • Abel de Kervélégan, noble bretón, que ha llegado a París no para unirse a la Revolución, en la que no tiene ningún interés, sino para huir de una relación amorosa imposible y encontrar a su hermano.
  • Augustin, miembro del Tercer Estado, que se ha adherido a las “nuevas” ideas y es, por tanto, miembro de la Asamblea Nacional, miembro del Club Bretón y amigo íntimo de Barnave.

A través de su recorrido, Revolución es un fresco esbozado que nos permite vislumbrar tanto la épica como la vida cotidiana íntima de París en revolución.

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El relato consigue combinar la fluidez de una narración que agarra las tripas y el corazón con una increíble inteligencia en la representación del acontecimiento político, haciendo que el lector lo viva al mismo tiempo que le da la impresión de descubrirlo, evitando así el relato anticuado y polvoriento de lo que quizá sea la parte más conocida de la Revolución, con el comienzo de 1789 hasta los disturbios de octubre (y la marcha de las mujeres) y la proclamación de la ley marcial. Pues esta es la proeza ficticia e histórica de este libro: mostrar estos acontecimientos como si no los conociéramos. Así, los (re)descubrimos cargados de toda su inmensidad, de nuevo extraordinaria, porque son inciertos, confusos, fruto de las acciones contradictorias de las facciones que luchan por cambiar el curso de los acontecimientos. Todo es posible, todo está por conseguir.

La estructura de la narración, dividida en capítulos con pequeñas viñetas como en las novelas o manuales del siglo XIX, da a la historia su vivacidad y claridad. Los autores demuestran una inteligencia y un fino conocimiento de los temas de la época, consiguen poner en escena el lugar de las mujeres, las divisiones en el seno de la nobleza, la atención prestada al pueblo, el papel de la prensa, las estafas cotidianas, el comercio colonial y tantos otros sin subrayarlos nunca demasiado explícitamente y, sin embargo, explicitándolos con brío.

Toda la secuencia en el Palais-Royal y luego en el Louvre, donde Kervélégan celebra mientras en otro lugar la Bastilla está tomada, muestra que el acontecimiento no es vivido por todos de la misma manera y permite subrayar los proyectos coloniales de Kervélégan en un momento en que la arbitrariedad real es derribada. El complot contra la Asamblea y la sensación de peligro eminente también están muy bien interpretados, gracias sobre todo a la historia de Laigret, uno de los artífices del complot contrarrevolucionario y monárquico.

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Esta inteligencia nos permite sumergirnos en el corazón de lo que la memoria y la imaginación asocian hoy con la Revolución, entre la fascinación y la repulsión, entre la condena farisaica y el imperialismo intelectual: la violencia. Las escenas de masacres, especialmente las populares, aparecen en su lógica casi banal y ganan así en comprensión.

La atención prestada a las localizaciones es también un indicio del éxito de este cómic: Desde las barreras del octroi hasta la Asamblea de Versalles, desde los cafés y los jardines del Palais-Royal hasta la Place des Grèves, desde los muelles del Sena hasta las callejuelas con sus numerosas tiendas, desde los pisos del Louvre hasta los de las caseras (a menudo viudas) donde Kervélégan acaba compartiendo piso con un médico que tiene dos pistolas, una llamada “libertad”, la otra “o muerte”… se puede ver toda la gama de espacios en los que se produce y se está produciendo la revolución.

Pero el mayor logro de esta magistral obra es, sin duda, el hecho de que se trata de una historieta del pueblo cuando está abarrotado. Las escenas de aglomeraciones, peleas, disturbios, masacres y fiestas son impresionantes y muestran que, en este París literalmente repleto de gente, las tensiones pululan tras haber aumentado en los meses anteriores, y estallan en el verano de 1989. La gente se gritaba, se desgañitaba, se emborrachaba, se divertía y así formaba vínculos, efímeros o duraderos, que constituían el corazón de la experiencia revolucionaria: el (re)tejido de una sociedad que volvía a ser posible al derrumbarse las barreras de clase. Esta es la regeneración de la que hablaban los revolucionarios.

La secuencia del ataque y la requisa por parte del pueblo de un convoy de harina contra la Guardia Nacional es ejemplar en este sentido. Pone en juego las instituciones (la Guardia Nacional frente al municipio) que encarnan personajes que se han convertido en los verdaderos protagonistas de la Revolución (por utilizar el concepto de Haim Burstin, con el que los autores están familiarizados) en el sentido de que, atrapados en ella, deciden actuar y tomar su destino en sus manos, elegir su bando, en definitiva. Pone en escena, con estos protagonistas, lo que está en juego, a veces muy prosaico (aquí: ¡comer!), todo ello con las palabras que luego se utilizan y que cargan estas acciones y estos micro-acontecimientos con su potencial revolucionario, potencial desplegado por el dibujo que puede entonces convertirse en verdaderamente épico. Es grandioso y sutil al mismo tiempo, es inteligente en la inmediatez de los gráficos.

La revolución alcanza entonces un nivel increíble en su estilo de planos muy amplios (a veces aéreos, como el plano de la Bastilla o el plano, en sentido estricto, de París) que muestran que se trata efectivamente de los acontecimientos revolucionarios que conocemos, incluso en nuestras representaciones imaginarias, pero que ahora se entienden mejor, porque se entienden de otra manera. El cómic consigue así hacer de nuevo (y de forma diferente, lo que ya no era un reto y parecía imposible -pero la Revolución es, de hecho, lo imposible que ocurrió-) lo que el teatro ya había conseguido con Ca ira y que el cine no consiguió con Un peuple et son roi.

En una palabra: ¡aparten a los ciudadanos, esto es una obra maestra!

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