La sensación terpsicoreana de Encanto adaptada para TikTok.

Encanto Trauma

Con números musicales optimizados para las redes sociales, Encanto y las películas animadas de Disney se han vuelto fábricas de propiedad intelectual multiplataforma.

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La sensación terpsicoreana de Encanto adaptada para TikTok. 4

Encanto, el último musical animado de Disney, habría sido una pequeña película perfecta, si no se hubieran ejercido dos grandes presiones sobre ella: La primera es la presión de concluir de la forma más feliz posible en vez solamente de un final feliz; los finales felices son aceptables.

El final más feliz nunca aceptable, es aquel en el que hasta el último desengaño, injusticia o arrepentimiento es vencido en el último momento, como por arte de magia. Robando al público la oportunidad de empatizar con la belleza de los sentimientos dolorosos con los que tanto se habían estado preparando a lo largo de la película.

Por desgracia, la presión por terminar lo más felizmente posible es tan abrumadora en la animación estadounidense, que quejarse se siente tonto y absurdo. Hay que hacer hincapié en criticar la segunda presión (de la que menos se habla) que enfrenta una película tan pobre como Encanto, la historia de una familia colombiana mágica que pierde su magia: y esta presión la ejerce específicamente sobre sus personajes, forzándolos a bailar.

Sí, bailar. Por ejemplo, mueven sus cuerpos al ritmo de la música, a menudo sin más motivo que el hecho de que pueden hacerlo. En “Surface Pressure”, la melodía más pegadiza de Encanto, una de las hermanas Madrigal, Luisa, canta sobre la presión, tanta presión, para ser fuerte para toda la familia. Lo dice en serio tanto física como emocionalmente, ya que el poder de Luisa es la superfuerza, y también porque Lin-Manuel Miranda no es un letrista sutil.

Sin peso con presión, presión que jamás soltó, whoa“, canta. “Peso como un tick-tack-tick antes de una explosión, whoa-oh-oh”. Mientras tanto, esta gran mujer adulta bailando lock como una preadolescente hiperactiva frente al espejo de su dormitorio. Algo que a primera vista uno podría pensar que podría encontrar eso en TikTok, y efectivamente, esa coreografía es ahora una tendencia. Absurdo en cualesquiera que sean las circunstancias, pero ¿en el contexto del entretenimiento animado? Es un poco repugnante.

Por supuesto, esto era probablemente exactamente lo que Disney estaba esperando, en las etapas de planificación de la escena: darle a la mujer grande y triste algunos movimientos corporales sexys, ponerlo en un lenguaje terapéutico acompañado con una canción pegajosa y ver cómo llega la publicidad gratuita.

De las bellas artes, la danza es la única que exige fuerza física. Todo su atractivo, de hecho, gira en torno a las contorsiones del cuerpo humano, el sudor, el riesgo y el triunfo del mismo: ¿Cuál es ese movimiento? ¿Cómo se dobla la gente así? ¿Perderá el ritmo? Los personajes de los musicales de acción en vivo bailan todo el tiempo, y deberían; es parte de la narración estilizada.

Los dibujos animados generados por computadora también son libres para bailar, pero cuando lo hacen, hay una hiperconciencia de sus movimientos artificiales, su razón, diegética o de otro tipo para bailar, más aún cuando esos movimientos parecen estar al servicio de una estrategia publicitaria para las redes sociales. Las caídas y los giros comienzan a sentirse sobre programados, extraños, los píxeles giran y hacen piruetas con una precisión perfecta y perturbadora. En el peor de los casos, es un insulto a la fiscalidad de la forma.

Así que es menos divertido de ver. También es, la mayor parte del tiempo, vergonzoso. Cuando Luisa se pone a bailar a la mitad de una película en la que, por lo demás, no demuestra ningún interés activo en las artes escénicas, o cuando una segunda hermana Madrigal canta y baila al ritmo del otro éxito de Encanto listo para TikTok, “We Don’t Talk About Bruno“, una siente no solo la esperanza de Disney de que los espectadores adopten estos movimientos como propios, sino también la renuncia de la corporación, después de muchos años, a la animación como un género en sí mismo.

Una película como Encanto ya no puede existir aisladamente; en su lugar, debe promover posibilidades cruzadas de todo tipo, desde espectáculos sobre hielo y paseos en parques temáticos hasta, lo más descarado de todo, los musicales de Broadway.

La culpa es de Frozen. Antes de que saliera en 2013, la diferencia entre un musical de Broadway y un musical de Disney era al menos discutible. Claro, clásicos como El Rey León, La Bella Y La Bestia y La Sirenita terminaron en Broadway, más o menos en ese orden descendente de calidad, pero ninguna de esas películas se creó con la esperanza de ser teatralizada.

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A parte, había muy poco baile al azar y vergonzoso; y por otro lado, el canto era más contenido, menos vistoso. Eso cambió el día en que Idina Menzel, la voz que desafía la gravedad de Rent y Maléfica, fue elegida para Frozen, lo que llevó a Disney a su era de melodías de espectáculos en toda regla.

Desde entonces, películas como Moana, Coco, Frozen II y ahora Encanto se han sentido menos como animaciones y más como producciones teatrales, listas para ser adaptadas en cualquier momento a un escenario teatral.

En 2018, Frozen debutó en Broadway. ¿El programa atrae a multitudes más nuevas y jóvenes a la industria en apuros? Probablemente. ¿Es esa una razón suficiente para justificar un ouroboros de IP independiente de la plataforma que homogeneiza y superficializa nuestro entretenimiento más allá de cualquier esperanza de arte? Probablemente no.

Si todo está hecho para convertirse en otra cosa, nada puede sobresalir en ser el mismo: la historia de nuestro tiempo. Y Encanto tenía mucho potencial. En algún lugar de su interior hay una película milagrosa y sensible sobre el patrimonio y la renovación, tristemente engullida por las presiones corporativas para ser más que eso y menos.

La animación de Disney en la era moderna es un medio, no un fin, y comienza con todos esos momentos fuera de sincronización y fuera de contacto de la sensación terpsicoreana perpetrados en audiencias confundidas e impresionables. Nada es seguro, ni siquiera los finales. Piénselo: si los dibujos animados no tuvieran que sacudir sus cuerpos digitales para cantar, habría menos presión para salir lo más felices posible para siempre. Experimentando sentimientos reales, los personajes no tendrían nada por lo qué bailar.

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